JUICIO ÉTICO DE LA REALIDAD ECONÓMICO SOCIAL

Adela cortina


En un congreso en que la mayor parte de ponentes son curas y teólogos, la actuación de una mujer, seglar y, digamos muy entre comillas, «filósofa», puede resultar original.

Pero tras una primera impresión, el hecho puede tener una dimensión positiva, ya que es también expresiva de que a los seglares, y en este caso las mujeres, no nos interesan sólo las cosas del "mundo", en el mal sentido de la palabra. Sabemos que no tenemos carta blanca para dedicarnos exclusivamente al bienestar de nuestros maridos, hijos o al propio, sino que la situación social el mundo, en el sentido de la totalidad de nuestros hermanos hombres forma parte de nosotros, nos es entrañable.

Otro tanto puedo decir de quienes verdaderamente profesan la filosofía. Una filosofía ajena a la realidad política económica y social en la que se gesta, no es filosofía. Sólo si se plantea las grandes cuestiones que los hombres se hacen; sólo si intenta esforzadamente darles una respuesta reflexiva, merece tal nombre. Las pretensiones de una filosofía neutral, descomprometida, fríamente objetiva, nacidas en nuestro mundo contemporáneo, son propiamente ideológicas, que ocultan manipulaciones de quienes quedan en la sombra. Porque la reflexión humana nunca es neutral nunca deja de tener repercusiones para la acción, siempre está movida por un interés.

En nuestro caso, no cabe duda de que la insatisfacción ante la situación económico-social en que nos encontramos es lo que nos mueve a pedir al saber ético que emita un juicio de valor al respecto. Y este saber no podrá dar respuesta convincente si no se sienta interpelado por la situación.

Cuando me invitasteis a participar en este congreso, con una comunicación titulada "juicio ético de la realidad económico- social", pedí a los organizadores que me enviaran la primera ponencia, para elaborar el juicio sobre el análisis aquí expuesto. La ponencia no me ha llegado y, a lo mejor, ha sido positivo. Porque, si hubiera contado con ella, hubiera hecho lo que no me corresponde: dar un juicio valorativo pero no ético sino cristiano, precisamente porque es el modo de juzgar en que intento vivir. Y hubiera hecho lo que no me corresponde, porque suficientes teólogos hay aquí que respaldarán esta tarea. A mí me compete una labor, filosófica: examinar si es posible dar un juicio ético sobre nuestra realidad.
 

¿Por qué el juicio ético en un congreso de teología?

Pero, ¿por qué el juicio de la ética merece la atención de un congreso de teología? ¿Qué puede añadir la labor de los éticos a la de los teólogos?

Supongo que, a lo largo de las sesiones, se intentará recorrer tres pasos: describir la situación económico-social en que nos hallamos, valorarla y, en el caso de que la valoración sea negativa, apuntar aquellos caminos que se debería seguir para transformarla. Precisamente en el 2º punto, en el de la valoración, se encuentran teología y ética porque, tanto una como otra deben ofrecer criterios suficientes para juzgar la realidad, evaluarla y transformarla.

La mayor parte de ponencias de este congreso adopta, para valorar nuestra situación, el punto de vista teológico, que supone ya una opción personalmente asumida: la opción de fe en Jesucristo el Señor. No seré tan simplista como para pretender que una valoración cristiana del estado de nuestra sociedad carezca de dificultades, y la prueba está en la increíble diversidad de juicios de valor, en ocasiones incluso contrarios, que se emiten desde los distintos grupos cristianos. Las divergencias se originan ya, para asombro de propios y extraños, a nivel del que podemos llamar criterio cristiano supremo de valoración: si Dios es Padre, como Cristo revela con su persona y mensaje, entonces los hombres son absolutamente valiosos y hermanos. Por lo tanto, cualquier tipo de relación política, económica y social, que privilegia a unos en detrimento de otros, es radicalmente anticristiana, es evaluable negativamente. A los cristianos queda la tarea de examinar qué relaciones refuerzan la fraternidad y cuáles atentan contra ella.

Ya he reconocido que las cosas no son tan simples, de hecho, porque incluso a nivel del principio supremo «Dios es Padre los hombres son absolutamente valiosos y hermanos», unos grupos cristianos se reducen miopemente a la paternidad de Dios los defensores de la llamada «dimensión vertical» y, otros, a la fraternidad humana los promotores de la «dimensión horizontal» en exclusiva . Y estas reducciones no proceden de la innegable limitación humana, que es grande, pero no hasta el punto de no comprender que sin paternidad de Dios no hay hombres hermanos, y sin conciencia activa de que los hombres son hermanos no hay conciencia auténtica de Dios Padre. Intereses individuales y grupales motivan estas selecciones excluyentes, que impiden leer el evangelio con los ojos limpios.

Por eso es tarea de la teología, tan ampliamente representada en este congreso, recordar insistentemente el binomio paternidad divina-fraternidad humana y juzgar a su luz las relaciones que en cada momento de la historia los hombres establecen entre sí

Y si los cristianos poseen un criterio para valorar la realidad, ofrecido por el evangelio, ¿qué interés puede suponer el juicio de la ética en un congreso de teología?

La respuesta no puede ser sino la siguiente: aceptar el criterio cristiano supone una opción de fe, que únicamente un número determinado de personas hace y, por ello, los juicios que se emitan a su luz serán extensibles sólo a la comunidad de los creyentes, con un fundamento: sólo a ellos puede exigirse que concuerden en una tal valoración.

Por su parte, la ética, como parte de la reflexión filosófica, pretende ofrecer criterios para juzgar la realidad que son únicamente racionales, que no suponen opción de fe alguna y que, por lo tanto, pueden extenderse con fundamento a todos los hombres: a todos ellos puede exigirse que concuerden en una tal valoración, porque ésta es propia de todo hombre, en tanto que hombre.

Si el criterio de valoración propuesto por la teología parece que sólo puede ser aceptado fundadamente por un número de hombres, el criterio ético parece tener que convenir a toda la humanidad.

Naturalmente, los creyentes son hombres y, por tanto, el criterio ético, si es universalmente exigible, les pertenece también. Por otra parte, un cristianismo encarnado en el mundo, en un mundo que no siempre comparte su opción de fe, debe conocer qué admite este mundo como valioso porque, en caso contrario, es imposible un trabajo eficaz.
 

Importancia de un criterio ético universal

Aclarada, pues, no sólo la conveniencia, sino incluso la necesidad que un congreso de teología encarnado en la situación histórica, tiene de conocer el criterio de valoración y el subsiguiente juicio que el saber ético pronuncia acerca de la situación económico-social, pasamos a preguntarnos: ¿cuál es el criterio que la ética ofrece para que todo hombre juzgue a su luz, del mismo modo que el cristianismo presentaba la paternidad divina y la fraternidad humana?

Responder a esta pregunta es infinitamente más difícil que lograr el acuerdo teórico y práctico de todos los cristianos acerca del criterio supremo de valoración. En primer lugar, porque debemos esclarecer si lo que estamos exigiendo es un juicio ético como reza el título de la ponencia o uno moral; en segundo lugar, porque si lo que se requiere es un juicio moral hay que confesar que existe una gran multiplicidad de códigos morales y tendríamos que emprender la tarea de determinar cuál de ellos puede considerarse como universalmente válido; en tercer lugar, porque esta tarea corresponde a la ética, pero, a pesar de la caracterización universalista que de ésta acabo de ofrecer, debo destacar que tal universalismo se refiere a la pretensión, no a los hechos. Cada ética pretende señalar el criterio según el que deberían juzgar todos los hombres, pero hay un gran número de concepciones éticas, porque la ética es aquella parte de la filosofía que reflexiona acerca de la dimensión moral del hombre y, por tanto, hay tantas concepciones éticas como filosóficas.

Tras esta exposición de problemas, creo que se comprenderá suficientemente que, cuando a alguien se pide que dé el juicio ético acerca de la realidad económico-social, a través de una comunicación, tiene las siguientes opciones:

    Evitarse toda complicación filosófica y emitir, bien el juicio a que su fe le invita, bien el que piensa que sus oyentes esperan oír. Es un camino muy expeditivo, y tal vez el más inmediatamente eficaz, pero tiene inconvenientes. Por una parte, que no da el juicio ético, sino un juicio moral, en este caso, el cristiano; por otra, que su perspectiva no es complementaria con las de los demás ponentes, sino que se identifica con ellas de modo ilegítimo
    Argüir que la filosofía es un tipo de saber neutral y dedicarse exclusivamente a analizar términos del lenguaje.

    Adentrarse en los mundos moral y ético y esforzarse reflexivamente por hallar un criterio que comprometa la acción. Esta opinión última puede terminar en dos tipos de conclusión:

    Normalmente cuando un escritor o conferenciante presenta diversas opciones, de entre las que defenderá una, expone la suya al final. Este es, efectivamente, el caso. Ni se puede identificar criterio cristiano y ético, porque eso es falso, y más en una sociedad secularizada, en la que el criterio cristiano tiene ya que justificar su existencia como cualquier otro; ni analizaré asépticamente el lenguaje. Tampoco he llegado a la conclusión de que no se pueda hallar un código moral más digno de los hombres que otros y un criterio ético más humano. Trataré de mostrar, por el contrario, que carece de sentido hablar de moral o ética sino hay un criterio último, válido para todo hombre, a partir del cual juzgar moralmente cualquier situación concreta; en este caso, nuestra realidad económico-social

    Para alcanzar este objetivo, cubrimos las siguientes etapas:
     

      Exponer en qué difieren los juicios moral y ético, para entender qué significa que vayamos a dar el ético.
      Mostrar por qué los juicios morales no pueden fundamentarse sino en un único criterio ético.

      Dilucidar, entre los criterios éticos que gozan de mayor aceptación en nuestro mundo actual, cuál es el único que realmente legitima la moral y que, por tanto, debe ser adoptado para juzgar acerca de la realidad socio-económica.

    Diferencia entre juicios morales y éticos

    La diferencia puede resumirse del siguiente modo. Los juicios morales son tan antiguos como la humanidad, porque expresan una dimensión del hombre a la que llamamos «dimensión moral». Ésta dimensión consiste en la conciencia, que ha ido evolucionando a lo largo de la historia y esclareciéndose a través de ella, de que los hombres, para conducirnos como tales, debemos ajustar nuestras acciones y relaciones a unas normas de conducta. Estas normas nacen de la convicción de que hay cosas valiosas en el universo y de que un hombre sólo se comporta como tal si las respeta y fomenta.

    A los juicios de valor y obligación, que llevan a la realización del hombre como hombre, llamamos «juicios morales». Precisamente porque pretenden ser propios del hombre, exigen ser admitidos por todos los hombres. Que se cumplan o no depende de la libertad de cada uno, pero no hay ya código verdaderamente moral que no pretenda ser cumplido por cuantos quieren comportarse como hombres, independientemente de su creencia, raza, clase o nación. Un código de juicios de valor y obligación que no exija ser universalmente admitido, no es moral, sino social, y sólo compromete a los miembros de esa sociedad. Por ello, los códigos morales, además de universales tienen que ser argumentables: si tienen que ser exigidos a todos los hombres, es necesario que descansen en unas razones que todos los hombres puedan entender y admitir. Un código que sólo es comprensible y aceptable para un grupo no es moral, sino social; sus valoraciones y prescripciones no pueden ser exigidas más que a los miembros del grupo y no sirven para evaluar las acciones del resto de la humanidad.

    Es precisamente la ética quien se encarga de dilucidar cuáles son las razones en las que descansan los códigos morales. Como parte de la filosofía, reflexiona acerca de la dimensión moral del hombre y trata de determinar, ante todo, dos cosas: Si esas pretensiones a universalidad de los juicios morales están justificadas, porque hay algo tan absolutamente valioso que todo hombre debe respetarlo, si quiere ser fiel a su humanidad. Este algo, en el caso de que exista, es el criterio ético que buscábamos y desde el que se deben juzgar las relaciones de una situación como morales o inmorales: si fomentan lo que es valioso, y por lo que hay moral, o si atentan contra ello. En caso de que tal criterio no exista, la moral carece de sentido, porque carece de fundamento.

    En un segundo momento, la ética debe discernir cuáles de entre los códigos que se presentan como morales se hacen acreedores a tal nombre, porque conducen verdaderamente a los hombres a la realización de su humanidad.
     

    El criterio ético, fundamento de los juicios morales

    La segunda etapa de nuestro programa está cubierta, en buena parte, mediante la distinción entre juicios morales y éticos, que acabamos de realizar.

    Existe y esto es evidente, una gran diversidad de códigos sean explícitos, sean implícitos que se presentan como morales es decir, que proponen un conjunto de juicios de valor y obligaciones que todos deben respetar. Y no sólo me estoy refiriendo a los códigos de larga tradición (budista, Confucio, la llamada «moral cristiana"), sino también a aquellos insertos en distintas ideologías, o bien pertenecientes a una clase social o incluso a una profesión. Es indudable que el liberalismo ofrece unas propuestas morales que difieren de las socialistas; que se habla de una moral burguesa frente a la proletaria, y, por si poco faltaba, que proliferan códigos de diferentes profesiones, cada uno de los cuales parece albergar normas propias que deben cumplir sus miembros y respetar los extraños (moral médica, moral militar)

    Ante este panorama creo que se comprenderá suficientemente que «dar el juicio moral» ante una situación concreta es imposible, si no admitimos que entre tal bosque de códigos los hay que no merecen llamarse "morales". En caso contrario, valorar un hecho tan cercano como el paro consistiría en hacer una encuesta a través de los distintos códigos morales. Nos encontraríamos que lo que para unos no es sino la consecuencia inevitable de un sistema económico que, a pesar de todo, es el más adecuado en el momento actual, para otros, es un fenómeno intolerable, porque la trasgresión del derecho al mantenimiento de la vida es inmoral. ¿Pueden tener razón ambos? ¿Sería posible mantener con argumentos cualquier tipo de exigencia moral si todas las concepciones morales fueran igualmente humanas?

    Si la moral no es una estupidez, debe admitirse lo siguiente:
     

      Las "morales" cuyas normas son extensibles únicamente a un grupo (sea clase, profesión raza o nación), de tal modo que el resto de los hombres está incapacitado para entender las razones en que se fundan, siendo irracional pedirles que las cumplan, no son morales. Lo moral es lo que puede pedirse a todo hombre, y si nada puede pedirse a todos, no hay moral. Es impropio hablar de la moral del empresario y la del trabajador; de la del militar y la del médico, de la del proletario y la del burgués. En todo caso puede tratarse de la concreción de la moral universal a la especificidad del tipo concreto de vida, pero no de una moral diferente. Y quien piense lo contrario, que se atenga a las consecuencias: todo intento de reivindicar derechos y exigir deberes racionalmente se esfuma, porque no habiendo a la base un valor común, tampoco hay argumentos comunes.
      Las morales que pretenden extenderse universalmente, que son las procedentes de una ideología tienen que justificar mediante razones, que todos puedan admitir, su pretensión a extenderse universalmente. Es decir, que tienen que ofrecer a todo hombre algo que éste pueda admitir como suficientemente valioso, hasta el punto de saberse obligado a respetarlo y fomentarlo. Sólo en ese caso quedará justificado que haya normas que pretendan valer para todos; sólo en este caso será posible Juzgar moralmente la realidad y, si no es adecuada a lo supremamente valioso, entonces podrá exigirse a cualquier hombre que la transforme, por medio de una argumentación fundada.
       
    Es tarea de la ética dilucidar si existe algún valor que cualquier hombre pueda y deba reconocer como absoluto; y que nos permita realizar por su mediación un juicio moral acerca de la realidad que todos deberían admitir, si quieren realmente ser fieles a su humanidad.

     

    El criterio ético adecuado

    Menester es reconocer, y con ello iniciamos la tercera etapa de nuestro recorrido, que las concepciones éticas no concuerdan entre sí, Por ello consideramos brevemente aquellos elementos que son estimados como supremamente valiosos en el contexto de las tres éticas verdaderamente relevantes en nuestro mundo. Dejamos lógicamente al margen las concepciones religiosas, que pertenecen al ámbito de lo moral, y nos adentramos en concepciones filosóficas que, en tanto que tales, pretenden presentar razones admisibles por todos. De ellas tenemos que decir que inspiran en la práctica morales en las que se entremezclan criterios de una y otra, pero puesto que se nos pide el juicio ético, expondremos los criterios «puros».

    Una de estas concepciones propone como valor supremo la felicidad, sea individual o colectiva. Para la segunda de ellas, la humanización del género humano consiste sino en la supresión de todas las alienaciones en el hombre nuevo de una sociedad comunista. La última afirma incansablemente que, si la moral tiene un sentido, ello se debe a que hay algo absolutamente valioso, que todo hombre debe fomentar en sí mismo y en los de- más hombres: su ser persona. El valor óptimo es la persona, entendida como individuo social.

    Ya he anticipado que estos criterios se mezclan en las diferentes morales, y añado que, si descendemos a la práctica política y social, es imposible distinguir quiénes se rigen por unos y quiénes por otros. Para discernirlo sería menester realizar un estudio individual de cada caso, porque, grosso modo, cabría esperar que la moral liberal defendiera la felicidad individual o colectiva (teniendo como justificación ética el Utilitarismo, el Pragmatismo o el Racionalismo Crítico), que el marxismo ortodoxo se pronunciara a favor de la humanización de la colectividad aun en detrimento de los individuos, y que los llamados «humanismos» marxista, cristiano, socialista propusieran una sociedad centrada en la persona y en establecer relaciones personales.

    Esto cabría esperar, pero las proclamas de estas morales son, en general, lo suficientemente ambiguas como para no resultar demasiado contradictorias con una práctica concreta, en la que es indiscutible ya la concepción moral por la que cada uno se rige.

    Sin embargo, y puesto que nuestra tarea consistía en dar un juicio ético, nos preguntamos: ¿son estos tres criterios igualmente aceptables desde el punto de vista filosófico o es alguno de ellos superior? Dado que se trata de criterios contrapuestos, alguno tiene que ser más adecuado para hacer la conducta humana verdaderamente humana, ¿de cuál se trata?

    Una respuesta completa excedería con mucho los límites de una comunicación, que ya va resultando demasiado larga. Por ello, resumiré brevísimamente los elementos que considero esenciales para la solución. Un auténtico criterio ético tiene que reunir los siguientes requisitos: ser argumentable (es decir, que se pueda ofrecer argumentos de por qué es éste y no otro, de modo que todos lo puedan entender y aceptar), hacer coherente la realidad de la moral, que se muestra como lo que pretende valer universalmente y, por último, posibilitar juicios morales. Veamos cuál de los tres criterios expuestos se ajusta a estas condiciones.
     

      Que el valor supremo, a partir del cual se deba juzgar cualquier situación social, sea la felicidad individual, comporta una dificultad fundamental, entre otras muchas (imposibilidad de determinar en qué consiste la felicidad; no es algo que puede exigirse, sino a lo que se tiende) : la de ignorar que el hombre posee una dimensión social, que desde su nacimiento es ya en una sociedad en la que se hace, y que prescindir de ella implica prescindir de parte de su ser.
      De ahí que los defensores de la felicidad como criterio supremo de valoración hayan asumido en buena parte la vertiente social del hombre y afirmen que lo moralmente bueno es tratar de conseguir, en una sociedad, la mayor felicidad posible para el mayor número posible. Las dificultades que tal propuesta entraña son enormes. En primer lugar, porque el concepto de «felicidad» es tan subjetivo en la práctica, que resultaría imposible programar la felicidad de la mayoría. Tanto más cuanto que la «felicidad» de unos podría exigir la infelicidad de otros. En segundo lugar, es necesario destacar que este principio no es argumentable: ¿en virtud de qué puedo exigir a alguien que trabaje por la felicidad de otros? Los éticos defensores de esta propuesta (utilitaristas) lo resuelven de un modo, a mi juicio, poco convincente: en todo hombre psíquicamente sano existe un sentimiento de benevolencia, que le lleva a buscar la felicidad de los demás Si esta justificación me parece poco convincente, ello se debe a que cabe dudar, por los resultados, de que ese sentimiento esté tan extendido y, lo que es peor, a quien no lo tenga, nadie puede exigirle con razones que trabaje por la felicidad de los demás. No cabría argumentación moral. El último inconveniente estriba en que este principio, no sólo no sirve para argumentar, sino ni siquiera para juzgar moralmente una situación. Este congreso, por ejemplo, se preocupa por la pobreza en España y exige un juicio acerca de ella ¿Qué dirá quien proponga conseguir la mayor felicidad para el mayor número? Que todavía no se ha llegado a todos, dada la situación de crisis económica en que nos encontramos. Pero que el hecho de que unos sean «económicamente» felices y otros carezcan de lo indispensable no es inmoral, es el resultado inevitable de un sistema económico, que pretende lograr el mayor bienestar posible para el mayor número posible. ¿Quién mide la posibilidad? No llegar a todos no es inmoral: está en congruencia con el valor supremo.

      Desde este principio es legitimable cualquier situación concreta y, por ello, es inútil para juzgar moralmente.

      Quienes, dentro del marxismo ortodoxo, proponen como tarea la realización del género humano, mediante la supresión de las alienaciones, no superan a mi juicio los siguientes obstáculos:
       

        No proponer esta realización como un valor que los hombres quieren encarnar, sino como una meta de la historia, que llegará mediante el concurso de las contradicciones económicas y sociales. Si esta proposición se toma en serio, no hay ética marxista, porque nadie se puede proponer lo que va a ser.
        El conocimiento de la línea hacia la que camina la historia es privativo de una clase el proletariado o de un grupo el partido . Una propuesta que sólo conoce una clase o un partido no es moral, sino, como dijimos, social o grupal. Las propuestas morales tienen que poder ser conocidas por todos y sólo así puede exigirse a todos su cumplimiento. En este contexto no cabe argumentación posible.

        A la hora de enjuiciar una situación concreta, no debería caber juicio moral alguno, porque la situación es un momento necesario en el proceso histórico y lo necesario nunca puede juzgarse moralmente.

        Si realmente "el ser determina la conciencia", no hay libertad y, por tanto, es imposible la moral.

         
      A partir de dificultades como las expuestas, la defensa del género humano como valor supremo se sigue defendiendo en concepciones neomarxistas que, sin embargo, asumen igualmente la supremacía de la persona. Incidiendo más en la dimensión comunitaria o actuando más la individuante, el neomarxismo de corte humanista se encontraría en la última concepción ética propuesta.

      El último de los criterios propuestos por las concepciones éticas que tienen hoy relevancia en la moral vivida, e incluso en la política y la economía es la persona, como individuo al que pertenece esencialmente estar inserto en y formarse a través de una sociedad. Esta corriente, nacida con Kant en el ámbito ético, se desarrolla y profundiza en las aportaciones de Scheler, del personalismo cristiano y de los humanismos marxista y socialista. Pretende asumir y superar los dos criterios ya expuestos, haciendo posible juzgar y argumentar moralmente.

    Juzgar moralmente, porque una de las características con las que la persona queda descrita es la libertad, lo cual tiene las siguientes repercusiones: las situaciones históricas no son jalones de un proceso necesario, sino que dependen, en parte, de las condiciones objetivas, en parte, de los esfuerzos sociales e individuales que libremente se asumen. Porque, aunque la libertad humana es condicionada, la conciencia no está determinada, y de ahí que las situaciones estén también en manos de los hombres y puedan ser moralmente juzgadas.
    A ello se añade que el valor supremo la persona no es un fin al que necesariamente se tiende como la felicidad o la realización de la sociedad comunista , sino un valor que puede ser elegido o rechazado libremente, que se puede fomentar o eliminar. Por ello, en cada situación concreta, en que las relaciones sociales sean tales que una sola persona resulte dañada en sus derechos físicos o morales, tenemos un criterio para juzgarla como inmoral. Si hay pobres en un mundo en el que hay quienes derrochan, no cabe recurrir a posibilismos: las relaciones son inmorales.

    Reconocer a la persona como valor absoluto hace también posible la argumentación moral, porque posibilita la argumentación universal: afirma una base común, extensible a todo hombre, a partir de la cual se pueden reivindicar derechos y exigir deberes. Todos los hombres somos personas y sobre estas bases se puede asentar una argumentación entre interlocutores acordes en ella.

    A pesar de las manipulaciones interesadas que nuestras argumentaciones sufren habitualmente, el último reducto al que nos acogemos para reivindicar y exigir es el carácter personal de quien reivindica y exige. El punto último de toda argumentación reivindicativa es, de hecho, el derecho de quien reivindica, en tanto que persona.

    Aun cuando considero este criterio como el adecuado para juzgar moralmente una situación, no oculto que goza de gran cantidad de dificultades. La primera de ellas, es que existen divergencias a la hora de determinar qué caracteres componen a la persona, lo cual da pie, en la práctica, a que sigan directrices heterogéneas quienes la defienden como valor absoluto. En segundo lugar debo señalar que la relación de derechos que a la persona competen no puede estar fijada de una vez por todas, y que las declaraciones públicas no pasan de ser aproximaciones. Determinar los derechos humanos es una tarea histórica de profundización progresiva, en lo que algunos se fundan para adscribir a la persona los derechos más pintorescos y contradictorios con los de los demás.

    También hay que reconocer que el conflicto entre derechos personales que se puede producir en cualquier situación no queda resuelto con afirmar el valor absoluto de la persona. Es también tarea por hacer y que compete fundamentalmente a la moral y a la casuística, que tienen que proceder con una gran responsabilidad y no dejarse influir por presiones ambientales.

    Por último, queda un problema que, no sólo tiene carácter filosófico, sino que tendrá grandes repercusiones en una sociedad secularizada: ¿por qué una persona tiene un valor absoluto, hasta el punto de que nadie puede utilizarla como medio sin atentar contra su propia humanidad?, ¿qué característica poseen aquellos que la biología reconoce como hombres, en virtud de la cual cualquier atentado contra ellos es inmoral? Las respuestas que la ética hasta el presente ha ofrecido no son razonables. El cristianismo presenta el carácter de imagen e hijo de Dios que todo hombre tiene. ¿No tendrá una ética, que quiera prestar verdadera coherencia a la dimensión moral del hombre, que recurrir a caracterizaciones de la persona no extraídas de la «mera razón», sino de la revelación?

    Dilucidar estos interrogantes que aún reinan en torno a la persona, es tarea de una ética verdaderamente comprometida en la transformación reflexivo-activa (humana) de las situaciones que no están a la altura del hombre.
     
     


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Centro Evangelio y Liberación. Revista Éxodo.