Piedra infernal
“Piedra infernal, nitrato de plata. Se emplea
en cirugía para quemar y destruir carnosidades”

después de cruzar el día como se salta un precipicio lleno de voces inútiles que te asustan, de vacíos que asolan los sentidos, viento frío que se clava en la garganta, llegás al sitio del exilio, a la casa del abrigo, con tu cansada sombra bajo el brazo, con un grito estéril atravesado en el pecho, la sangre como una hoguera descifra el tamaño de tu desaliento, y ya sabés de la voz, ya escuchás esa leve música que cae como una llovizna sobre los harapos de tus pensamientos, entonces respondés con desprecio a sus preguntas inútiles, repetidas, irremplazables, fumás y mordés el cigarrillo para disimular el fastidio o el espanto que te hace despreciar la caída de la tarde, decís que Van Gogh se cortó una oreja, Dalí se arrastraba como un gusano o se tiraba a rodar por las escalas, Camus estrelló su auto contra un árbol, Hemingway se tragó la muerte como pólvora encendida, Cioran habló del suicidio toda la vida y se dejó morir como un anciano cualquiera, Rimbaud calló y fue un comerciante maléfico, Pizarnik culminó el poema de su vida con una sobredosis de sueños, en fin, todos tienen una manera de desgarrarse el alma, menos vos, que no sos ni llama al viento como Porfirio, ni un poseído como Sábato, apenas un vendedor de miserias, una burla del progreso, una desgracia del sistema, que se embelesa con las palabras de un poema, que se deja caer por las escaleras de los versos de Juarroz, por ejemplo, porque en él descubrís que “ni siquiera somos capaces/ de recoger un grano de polvo/ de aquello que pasa a nuestro lado”, pero nada puede detener la sangre que brota de la herida, y volvés con el sueño imbécil de cortar el cielo como se corta una oreja, para enviarle un pedazo a dios como prueba de que aquí vos no estás a gusto con su borrachera, y que estás convencido de que él no es más que un sonámbulo que va por las calles de una triste ciudad buscando los sueños de los hombres para no sentirse tan solo, que luego se despierta y ve la luz del sol en sus manos vacías y piensa que el universo es una broma, que él, igual a todos, miente, y corre a esconderse como un vampiro espantado por la luz, por eso te abandonás a las luces dispersas de la noche, al resplandor que se derrama desde unos pechos desnudos, a esa sed que enciende colores terribles, donde la piel se abre como un tibio abismo a las caricias imposibles, a los movimientos hondos que desabrigan la mirada, a las frases prohibidas que deshacen la ternura, y al mecanismo de la lengua tantas veces practicado y aprobado, que se empecina en la fiebre, en el designio del espasmo atroz e imprescindible, te parás de frente y decís que imaginás el rumor de un bosque como el torrente de sangre que escuchás en su pecho cuando pegás el oído, la cara, la boca, el cuerpo, la vida, la muerte, las lágrimas y las ganas de entrar, de ir más allá de esa piel y perderte, acabar así, agotarte, apagarte como esa llamita de la vela que se consume mientras cumplís con ese rito del silencio afuera y las voces adentro aturdiendo la pasión, inventando golpes imposibles en el centro de un poema que te destruye las entrañas como piedra infernal, y que ahora no podés escribir, que nunca pudiste ni podrás escribir pero que está siempre ahí, mientras tu lengua es una mariposa que revolotea entre esa selva húmeda en la que se perdió tu historia, ese lugar de destierro y exilio, esa cálida mancha roja a la que cada noche intentan huir las miserias que el día te deja como tigres que le dan vueltas al corazón sin devorarlo completamente, mas tampoco vos podés devorar ese animal crispado de pasión, que palpita en tu boca y se convierte en una nube que tiembla y cae en el centro de tu impotencia, empujada por un gemido que se ahoga en el rumor de la lluvia, y al mismo tiempo dejás que esa espuma que envenena la memoria se deslice por tu garganta con la esperanza de que llegue al corazón, para que también envenene las bestias que desgarran tu canto, el silencio de los dos, vos de frente, hablando de poemas que en la mañana se hundirán bajo nombres y verdades claras, fantasías que no son más que ruidos para ella que ahora sólo desea dormir, agotada de abrazar el sombrío animal que cada noche quiere convertirla en palabra, en verso, en poema, por eso una y otra vez te la llevás a tu boca, a la punta de tu lengua, para tratar de pronunciarla desde su carne, nombrarla, gritarla, deshacerla, desvanecerla como a un poema que se recita en voz alta, aterrada, en una ciudad oscura y desolada, donde sólo se escucha un rumor como de sangre que corre hacia su destino inocente, como es el destino de todo cuerpo, cuando cesa el temblor y se borra todo, un jardín, un espejo, un libro, una vela, todo se va borrando, y por fin se borrarán la piel, los abrazos, el vientre que descubriste huyendo de un abrazo, la memoria que no lograste envenenar, el poema que se deshace en la punta de tu lengua, y sólo escuchás que desde la garganta de ella brota un gemido, un chillido en el que reconocés la copia imperfecta de los versos que quisiste nombrar, el retrato desfigurado de una pasión en la que esperás diluirte, ser nube que el viento deshace, noche que el sol ahoga, para siempre, fuego vencido, espejo vacío, aliento apagado, campanada sin fin, memoria vacía, bosque sin rumor, sangre sin rumbo, temblor sin piel, poema sin abrazos, sin miedos, sin espuma, sin tigres, sin preguntas ni recuerdos que vienen como torrente entre las venas de los sueños que ningún dios podrá conocer, para que la luz no se llene de manchas grises, para que ella duerma después de ese vano intento de devorar los nombres imposibles que consumen la furia de saberse vivo, espantado, asustado, sin poder dormir ni dejar de pensar en que sos historia fugaz, fantasma olvidado, pájaro estrellado en el cristal de una pasión, cuando te parás de frente y no decís nada, porque sabés que nadie te escuha


Relatos. Hernando Lopera L. — URL: http://www.hlopera.net